Cuando hacer galletas con tus hijos, te provoca un arcoiris de emociones.

galletas avena

Ayer fue un día de esos comunes, o dicho de otro modo, ¡de locura!, con mil cosas que hacer, dos bebés en casa mientras la mayor se va al kinder y ropa y trastes sucios que atender. La chica que me ayuda en casa ha estado enferma, así que he tenido que mentalizarme cada minuto en que ¡SI SE PUEDE!

Entonces  ayer pensé: “¿qué podremos hacer para entretener a estos chiquitos?”, y apenas hice la pregunta cuando los dos mayores me dicen: “¡Galletas!”. Así pues, nos dispusimos a hacer unas ricas galletas de avena.

Todo iba muy bien, mi hija me ayudaba a poner los ingredientes en el recipiente mientras yo batía y los dos chiquitos observaban curiosos, y yo pensaba “¡qué hermosa escena, tan tranquilitos, tan atentos!”. De pronto, el de en medio empieza a reclamar que él también quiere ayudar, así que lo cargo y al mismo tiempo observo que el chiquito acaba de vaciar la caja entera de cereal.

Las cosas comienzan a ponerse tensas, mamá empieza a cambiar su cara de alegría por una de duda, “¿en qué va a terminar esto?” Empiezan los gritos, “¡yo se lo pongo mamá!, ¡yo agarro la batidora!, ¡me toca a mí!”, y mientras tanto el chiquito, del otro lado de la cocina, sigue vaciando bolsas de cereal.

Mamá pierde la paciencia. Por fin terminamos de batir la mezcla cuando les digo: “ahora vamos a hacer bolitas para ponerlas en la charola”, y entonces los dos pequeños chefs se apoderan de mi espacio para trabajar y yo como niña chiquita al mismo tiempo que golpeo mi pie contra el piso, cual berrinche, les digo: “¡y ahora dónde me pongo yo!”, y con una sonrisita me dicen: “aquí atrás de nosotros, mami”. Mamá quería llorar, “¿por qué no puedo hacer tranquilamente unas galletas?”.

Y entonces, en medio del caos, del piso lleno de cereal, de cucharones y sartenes regados, volteo a ver sus caritas de emoción, sus pequeñas manitas intentando hacer unas bolitas que más bien parecían tortillas, y no pude más que derramar un par de lágrimas de alegría. Todos la estaban pasando DE LO MEJOR, ¿por qué yo no habría de hacerlo?

Y entonces pensé: “¡qué más da!” La cocina es para ensuciarse, y siempre habrá tiempo para limpiarla. Pero este preciso momento es casi seguro que no lo vuelva a vivir tal como está sucediendo.

Me alegraré pues en cada momento, tranquilo o ruidoso, en orden o en desorden, pues ¡LOS DIAS SON LARGOS, PERO LOS AÑOS SON CORTOS! Y cómo extrañaré el día de mañana estas tardes con olor a galletas y esas pequeñas manitas haciendo de mis días una completa aventura.

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