¿Cuándo fue la última vez que lavé tu cabello?

Por: Hannah Keeley

www.hannahhelpme.com

 

Pensé que era una noche como cualquier otra. Yo estaba doblando la ropa en mi cama, escuchando a mi hija cantar enérgicamente en la regadera. Y de pronto sentí pánico y un gran nudo en la garganta. ¿Cuándo fue la última vez que lavé su cabello?

Corrí al baño y abrí la puerta para decirle en voz alta: “Katie, ¿necesitas ayuda con tu cabello?

Su respuesta llenó mis ojos de lágrimas, “No, mamá. Estoy bien”.

 

Siempre he tratado de apreciar cada día con mis siete hijos. Hay una frase que he hecho parte de mi vida desde que nació mi primer hijo:

Asegúrate que recuerden alegría en el ayer, experimenten alegría hoy, y anticipa la alegría del mañana.

Simplemente no sabía que el mañana llegaría tan pronto.

 

Tengo la firme creencia de que los niños deben jugar mucho y ensuciarse. Y mis dos hijas mayores sí que lo hicieron. Cada día, jugaban afuera, bajo el atardecer de Arizona – escalando, haciendo hoyos, columpiándose, y siempre quedaban muy, muy sucias. Los niños deben ensuciarse. Es una ley universal. Y no tengo la menor intención de interferir con las leyes universales.

 

Pero con suciedad, vienen los baños. Recuerdo cuando mis dos hijas mayores, Kelsey y Katie, tomaban su baño juntas. Yo lavaba su cabello, y después las dejaba jugar en la tina por un rato. Era nuestra rutina. Luego crecieron. La tina se convirtió en regadera, pero yo aún estaba ahí cerca, para ayudarles a lavar su cabello. Luego la parte de lavar el cabello, se convirtió en solo enjuagarlo. Luego el enjuague se convirtió en un “te quedó un poco de shampoo aquí, vamos de nuevo a enjuagarlo”. Y después llegó el “No, mamá. Estoy bien”.

 

Este es el dilema con ser mamás: Es nuestro trabajo formar niños independientes; pero nadie te dice cómo manejarlo cuando realmente sucede.

Esa noche, sucedió.

 

Yo pensé — ¿Cuándo fue la última vez? ¿Cuándo fue el último momento que enjuagué el shampoo de su cabello? ¿Por qué no supe que era la última vez? Si lo hubiera sabido, hubiera hecho un mejor trabajo, o lo hubiera hecho por más tiempo, o hubiera besado su cabeza, o algo parecido. ¡Hubiera hecho algo!

No podía ver la ropa que estaba doblando porque las lágrimas inundaron mis ojos. Pero seguí haciéndolo. Doblando y orando. “Dios, ayúdame a recordar lo rápido que esto pasará. Ayúdame a apreciar cada día—aún los difíciles. Muéstrame la belleza en cada momento—aún los no tan buenos”.

 

Pensé en el rey David, orando a Dios “Enséñanos a contar nuestros días, para que podamos tener un corazón sabio” (Salmo 90:12).  Probablemente él estaba teniendo uno de esos “últimos momentos”, esos momentos cuando la brevedad y la velocidad de la vida, te golpean y te das cuenta que no puedes meter los frenos. Él anhelaba tener suficiente sabiduría para bajar el ritmo y apreciar cada día como un regalo de Dios, porque sabía que cuando terminara, se habría ido para siempre.

 

Y en realidad la cura no es bajar el ritmo. Eso es imposible. La cura es un corazón sabio. La sabiduría para discernir que un plato roto, o una blusa manchada, o la comida que se cayó, nunca son razones para perder el control. La sabiduría para saber que los deberes de la escuela  siempre pueden esperar un poco, después de haber visto el atardecer y que el charco de lodo se haya secado. La sabiduría para saber que cada momento es sagrado: el cambio de pañales, acurrucarse en el sofá, columpiarse en el parque, y aún lavarles el cabello. Todos son momentos sagrados, si tan solo puedes detenerte a apreciarlo.

 

Los años pasaron. Luego llegó el día fatal. La pelota iba rumbo a la portería, y Katie estaba determinada en sacarla. Se lanzó hacia ella, y pudimos escucharlo — ¡crack! Y después de un viaje a la sala de urgencias, supimos que Katie se había fracturado la muñeca. Eso significó seis semanas con un yeso.

Uno no puede lavarse el cabello cuando tienes la mano enyesada.

 

Cuando me di cuenta de eso, mi corazón prácticamente brincó de alegría – – no por la muñeca rota (¿qué clase de mamá enferma sería?) sino porque había recibido ¡una segunda oportunidad! Otra oportunidad de detenerme y disfrutar lavar su cabello. Tuve oportunidad de meter el freno. Dejé que Katie escogiera un nuevo shampoo — uno especial para cabello oscuro y con un dulce olor. Fuimos por algunas toallas, se recargó en la cubierta de la cocina con su cabeza en el fregadero, y tuve una vez más, la oportunidad de lavar su cabello. Cada vez que lo hice, platicábamos y bromeábamos y no parábamos de reír, y disfrutamos cada momento.

 

Hasta este día, cada vez que huelo ese shampoo, regreso a esos momentos en la cocina lavando el cabello de mi hija.

 

Pero no siempre tenemos segundas oportunidades. Habrá un último fuerte hecho de sillas y cobijas. Habrá un último cuento antes de dormir. Habrá un último vestido que ponerle a la Barbie y un último paseo en columpio. No necesitamos saber cuándo será el último. Solo necesitamos un corazón sabio para apreciar cada uno de esos momentos.

 

Mientras me preparo para finalizar este escrito, agradezco a Dios por su gracia. Mis dedos estaban volando en el teclado cuando escuché a mi hija menor llamarme: “Mamá, ¿podrías hacerme una trenza antes de dormir?”

Oh. SI.

 

Me tardé un poco más lavando sus dientes esta noche. Y fui un poco más lenta en hacer su trenza. Cuando le di su beso de buenas noches, duró unos segundos más que lo habitual. Porque después de siete hijos y años de estar pensando que tendría todo el tiempo del mundo, me di cuenta de algo. La vida va a huir contigo si se lo permites. A veces, simplemente tienes que detenerte y respirarla.

 

Gracias, Dios, por las trenzas antes de dormir. Gracias por las cocinas desordenadas y los legos en el suelo. Gracias por las cenas ruidosas y las largas noches conversando, por los fuertes, las muñecas, la pintura para dedos, y las historias antes de dormir. Gracias por muñecas rotas y shampoo para cabello oscuro.

Gracias por enseñarme a contar mis días. Y, Dios, cuando lo llegue a olvidar, por favor dame un empujón y cuéntalos para mí.

hannah keeley
Créditos de la imágen: Hannah Keeley

 

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